Érase un camino «entre el dolor y el placer»

Érase una vez una niña curiosa. Cuando era pequeña quería descubrirlo todo, tocarlo todo, explorar cada cosa, dime ¿te ocurría lo mismo?.

Con este afán, recuerdo que recorría la casa, lo miraba todo, posaba mis manos en todo aquello que estaba a mi alcance, trepaba donde fuera necesario, y claro, algunas veces me caía y me hacía daño, o sufría una descarga de electricidad o me cortaba o me pasaba cualquier otra cosa que no era conocido.

No sé si alguna vez habéis tenido el deseo de meter los dedos en un enchufe, de repente lo ves delante de ti, te llama, casi te dice: ¡ven y prueba!, pues eso es lo que me ocurrió a mí un buen día y allá que me fui directa hacia él y metí mis dedos dentro, fue tal la descarga que me asusté mucho y lloré por la conmoción.

Sin embargo, esta experimentación propia me hizo conocer las consecuencias de mis decisiones y que las tenía que asumir, fue un aprendizaje sano, sin juicios. A partir de ese momento sabía que ese pequeño aparato que veía en la pared producía dolor y, por lo tanto, cada vez que lo veía eludía acercarme a él, y sigo haciéndolo, sobre todo evito que mis dedos lo toquen, porque en mi inconsciente se ha generado ya la defensa a esa situación dolorosa.

Ahora bien, también puede ocurrir que en lugar de evitar una determinada situación que nos ha producido dolor, reincidamos en ella, y a mí me ocurría con la bicicleta, cada año, en vacaciones, tenía la posibilidad de montar en bicicleta en un apartamento que mis padres tenían en la playa, y cada año, inexorablemente, me caía y me hacía unas heridas en las rodillas que dolían muchísimo, de hecho aun tengo algunas cicatrices visibles de esos “pequeños accidente”, sin embargo, no me importaba, entraba dentro de la diversión, y era una herida de guerra.

¿Cuál es la diferencia entre las dos situaciones?

La relación que existe entre dolor y placer, si el dolor es más fuerte que el placer en una determinada situación genera todo tipo de mecanismos para evitar aquello que me lo ha producido, así evito acercar mis dedos a un enchufe.

Si el placer es más fuerte que el dolor que he sentido, es decir, me da más placer jugar con mis amigos y montar en bici que el dolor que siento por la caída, repetiré, como hacia, la misma acción constantemente, hasta que el segundo sea más fuerte que el primero.

Por lo tanto, para cambiar una conducta, es necesario sentir dolor, a partir de él nos convertimos en guerrer@s y actuamos para provocar el cambio que nos lleve a algo placentero.

¿Qué opinas?

¿Has tenido experiencias parecidas?

¿Cuéntame cómo cambiaste la acción?

¿Podrías aplicarlo a aquello que todavía no te produce el suficiente dolor y, sin embargo, sabes que está siendo perjudicial en tu vida?

2 comentarios en “Érase un camino «entre el dolor y el placer»”

  1. La diferencia entre las cosas y las personas resulta evidente. Hay personas tóxicas que continúan en nuestras vidas y por diversos motivos siguen hay, sobre todo la familia. Sabemos que es así, pero las ACEPTAMOS y yo al menos procuro mantener una distancia prudente, pero son y serán perjudiciales. Con los objetos simplemente los tiras y a otra cosa.

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